Y al otro lado de la pantalla, la yihad

Cuando un libro lo es todo, lo es T-O-D-O. Y con todo, me refiero a todo a la amplitud completa de su significado. Esto me ha ocurrido con En la piel de una yihadista, libro de Anna Erelle sobre una periodista francesa que se acercó a una de las esferas más altas de Daesh a través de la red.

En los dos días que tardé en acabar el libro me obsesionó saber más y más de la historia de Mélodie, una veinteañera francesa, residente en Tolouse, que está pensando en realizar su sharía y acabará casada con un importante miembro de los yihadistas. Todo esto es ficción. Ficción que inventa la periodista, escondida tras el seudónimo de Anna Erelle por el término de su investigación. Mélodie es ella misma vestida con un burka mientras mantiene conversaciones vía Skype con el terrorista. Este no tarda mucho en convertirla burocráticamente en su mujer (se haría efectivo en cuanto Mélodie pusiera un pie en Siria). Esto parece ficción, pero es real.

anna-erelle

He comido, viajado y caminado durante los dos últimos días con este libro en la mano. El entusiasmo de querer saber más de la periodista se hace contagioso. Cuanto más leía, más pensaba en que en la red cualquiera puede ser cualquiera. Twitter, Instagram, Facebook. Todas ricas fuentes de información. Dice James Rhodes en una obra (que nada tiene que ver con el terrorismo) que cuando dos personas se enamoran “la cosa tiene que ser como en el cine: vuestras miradas se cruzan (o ves el avatar de Twitter de la otra persona), intercambiáis un par de palabras, mensajes de texto, correos electrónicos y hala, ya os habéis enamorado”. Así nació Mélodie. Y así cayó sobre Anna una orden de lapidación.

Pero esto no es un post sobre nosotros en Internet, torturando nuestra privacidad. Es sobre plantearse qué hay de verdad en todo lo que expone el otro. Escondernos en el código binario nos permite ser más guapos de lo que somos. Viajar a más sitios de los que nos podemos permitir. Hacer nuestras las creaciones de otros sin pedir permiso. Ser terroristas de la yihad y reclutar a menores europeas para introducirlas en un hábitat sin ley. En última instancia, nada de esto importa, porque quien nos mira a través de la pantalla no sabe a ciencia cierta qué hay al otro lado.

Entonces, ¿abusamos de nuestras libertades? Lo más probable es que sí. Pero si la solución es el control, ¿dónde queda la libertad? Tal vez no haya sido la reflexión más original que haya en la red. Tal vez yo no sea quien digo ser, ni esto ha sido producido por mi mente. En cualquiera de los casos, da igual cuál sea el terreno: la ficción nunca dejará de superar a la realidad.

UG.

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