La lectura no es una asignatura

No hay tres cosas en esta vida que me molesten más que los días de lluvia que le corresponden al buen tiempo, las personas que van al cine ensayadas de llorar un drama y la imposición. Y este post va sobre la última: una carta abierta que firma el niño al que un día obligaron a leer.

Un mérito no se consigue por la firmeza de la tarea. ¿Cuántos hay, profesores, que entiendan el significado de esta afirmación? Porque queda muy bonito, de planta progre, disfrazar los programas de estudios con epígrafes dedicados al estudio de la lengua y literatura a sabiendas de que no es más que un mero trámite.

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Porque están ustedes empeñados en vestir las obras literarias como un viaje fantástico a un mundo a los que con una consola o con un juego de ordenador no se puede llegar. Pero lo que no explican es que ustedes, de los que ninguno es literato, tienen ya decidido el destino de ese viaje. Que son vuesas mercedes los que van a empujar a la fuerza al avión a un niño que quiere embarcar en el de tres puertas más a la izquierda.

De esta guisa, entre los 12 y 16 años he leído sin aliciente alguno a Unamuno, Delibes, Laforet y otros tantos no tan rimbombantes, pero relevantes para un programa sellado por un centro de estudios que, además, marca el ritmo en el que debe progresar la lectura. Y siempre con la misma mecánica: lectura obligada, resumen, examen para vaciar las estadísticas de quién se ha puesto los grilletes y ha leído San Manuel Bueno, mártir y quién se ha limitado a visitar El Rincón del Vago. No hay reflexión ni hay comentario (excepto para los niños grandes, que pasan del examen al comentario de texto, irónicamente, igual de útil), lo más parecido es un espacio de cuatro líneas para darle una capa de la dopamina que quiere leer el profesor erudito sobre la obra culta y librarte del suspenso.

Decía Borges que el verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta ‘el modo imperativo’. Yo siempre les aconsejé a mis estudiantes que si un libro los aburre, lo dejen. La lectura debe ser una de las formas de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz. Leí Harry Potter, leí Momo, leí Las Brujas, leí Memorias de Idhun fuera del colegio (y fui feliz) cuando, como si de algo ilegal se tratase, mi madre me compraba libros extraescolares.

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Por eso, señores profesores, antes de que sigan haciendo uso del terrorismo literario tan cómodo para ustedes, escuchen. Pregunten a sus alumnos qué les interesa para ser felices. Hagan que en 2017 quieran celebrar el Día del Libro. Tal vez prefieran a Laura Gallego, a Michael Ende o a Roald Dahl antes que leer El Hereje. Y el no ser Delibes sólo significa no ser Delibes.

La lectura no es cuestión de constancia, no es práctica, no es seguimiento académico ni trata en tener conocimiento de todos los autores del Romanticismo. La lectura es de iniciativa, no una asignatura. Y la iniciativa, con látigo en mano, sólo se apaga.

UG.

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